: El Año en que el Futuro se Rompió (Y Nadie Hizo Nada)
NovumWorld Editorial Team
El espejismo chileno: ¿Por qué aplaudimos la decadencia?
En 2019, Chile no “reventó”. Fue una implosión largamente anunciada, la explosión controlada de un sistema construido sobre arena movediza. La pregunta no es por qué sucedió, sino por qué seguimos comprando la ficción de “modelos exitosos” basados en estadísticas maquilladas y una profunda desconexión con la realidad de la gente. ¿De verdad nos sorprendió que la desigualdad económica, disfrazada de “crecimiento”, terminara por socavar cualquier vestigio de cohesión social?
El llamado “estallido social” no fue una sorpresa repentina, sino el inevitable resultado de décadas de políticas neoliberales que concentraron la riqueza y pulverizaron el tejido social. Las explicaciones sobre el alza del transporte público son cortinas de humo. Lo que realmente importaba era la sensación generalizada de abandono, la certeza de que el sistema estaba amañado. Como bien apunta este análisis de la London School of Economics, la desigualdad persistente es un catalizador de inestabilidad social, y Chile era un volcán a punto de entrar en erupción.
El espejismo del “milagro chileno” se basó en una peligrosa falacia: que el crecimiento económico per se, sin una distribución equitativa de la riqueza, resolvería todos los problemas. Error garrafal. La clase media chilena, endeudada hasta las cejas y permanentemente amenazada por la precariedad laboral, era una bomba de tiempo. El Banco Mundial ignoró repetidamente las señales de alerta, obsesionado con las cifras macroeconómicas y ciego ante la creciente frustración de la población.
La supuesta “capacidad de adaptación” del sistema político chileno era, en realidad, una estrategia para perpetuar el statu quo. Tras cada crisis, el sistema no “crecía hacia la izquierda”, sino que se adaptaba lo justo para mantener a la élite en el poder. El sistema electoral binominal, lejos de asegurar la estabilidad, ahogó cualquier posibilidad de cambio real. Forzó una convergencia hacia el centro que neutralizó a la izquierda y permitió que la derecha siguiera gobernando en la sombra. Este mecanismo perverso fue estudiado a fondo por científicos políticos de la Universidad de Harvard, quienes alertaron sobre sus consecuencias antidemocráticas.
Esta esclerosis institucional llevó a la desconexión total entre la clase política y la ciudadanía. Las movilizaciones estudiantiles fueron ignoradas sistemáticamente, alimentando la desconfianza y el resentimiento. Surgió una cultura de “pensar sin Estado”, donde la gente dejó de creer en las instituciones y buscó soluciones por su cuenta. El Estado se convirtió en un enemigo, en un obstáculo para el progreso individual.
Esta desafección se vio exacerbada por una convergencia tóxica de ideas. Las propuestas de la “nueva derecha” de Hayek y Nozick, con su obsesión por la desregulación y el individualismo, coincidieron con las críticas al Estado provenientes de ciertos sectores de la izquierda. El resultado fue la erosión de la confianza en lo público, una cultura de la desconfianza que socavó cualquier posibilidad de construir un proyecto colectivo. La reducción de la pobreza por ingresos fue una mera estadística, un maquillaje que ocultaba las profundas desigualdades sociales y territoriales. En las periferias urbanas, la sensación de abandono era total.
El estallido no fue una simple explosión de rabia, sino la consecuencia lógica de un sistema que había perdido toda legitimidad. En octubre de 2019, varias generaciones de chilenos que habían nacido en democracia salieron a las calles para exigir un cambio real. No se trataba de “marginalidad”, sino de una profunda crisis de representación.
Las consecuencias fueron devastadoras. Se registraron miles de delitos, se destruyó infraestructura pública por valor de miles de millones de dólares. Pero, ¿qué hemos aprendido? A juzgar por el debate político actual, parece que muy poco.
Mientras tanto, el mundo avanza. China invierte masivamente en tecnología y en infraestructura, mientras que Europa se debate en una crisis de identidad. Estados Unidos se enfrenta a una profunda polarización social y política. En este contexto, ¿qué hace Chile? Se lamenta del pasado y se niega a tomar las decisiones difíciles.
Según un análisis reciente, Europa confunde la prudencia con la inacción, la estabilidad con el progreso. Se aferra al statu quo y se niega a asumir los riesgos necesarios para construir un futuro mejor. ¿Suena familiar?
Chile debe aprender de sus errores. El “modelo ejemplar” se rompió porque era una falacia. No podemos seguir aplazando las decisiones difíciles. El futuro exige valentía, visión de largo plazo y un compromiso real con la justicia social. De lo contrario, estaremos condenados a repetir la historia. No hay medias tintas: o cambiamos el rumbo, o nos hundimos con el barco.